viernes, 17 de agosto de 2012

344 Historia (Mundial)


Año II – Primera Edición – Editorial: 00000344 [1]



El Cisne Negro [2]
El Diario Digital de la Historia y de la Geopolítica
Viernes 17 de Agosto de 2.012.






El  Socialismo IX
Por Rubén Vicente 

Europa y el mundo entero (orbis) están sumidos, desde hace más de ciento sesenta años (160), en un craso error de lesa ideologicidad, que es no llamar las cosas por su nombre, nada más que porque hubo uno que se fue de mambo muy mal, y este artículo de la serie dedicada al socialismo, no pretende ser otra cosa que un vano pero a mi juicio necesario intento de comprensión profunda de la realidad histórica y de reflexión objetiva respecto de la evolución de las ideas. 

En efecto, durante la segunda mitad del siglo diecinueve (el siglo de la industria), Gran Bretaña completó la segunda revolución industrial, basada en el petróleo, en el acero y en la electricidad, siendo superadas las máquinas por los motores de vapor o de combustión interna. 

Las fábricas ya no funcionarían sólas, sino integradas a las plantas, a los parques y a las cuencas industriales. La figura de la sociedad anónima propietaria de las pequeñas empresas fabriles, empezó a dejar paso a las sociedades anónimas conformadas por sociedades anónimas, es decir, a los grupos económicos empresariales, propietarios de las medianas empresas que, sobre el final del período en  cuestión (1850-1900), empezaron a evolucionar hacia la integración de los conglomerados económicos, propietarios de las grandes empresas transnacionales, pero en cada caso, invariablemente ligadas a los planes gubernamentales en materia económica, diplomática y militar (léase: los planes geopolíticos), conformando el sector público y el sector privado de cada nación, una unión inextricable, que recibe el nombre de el complejo financiero, tecnológico, industrial, comercial, diplomático y militar (léase: el complejo estratégico nacional). 

A ese sistema, Bismark lo llamaba con el nombre el capitalismo de estado, por oposición a el capitalismo de empresa de los británicos. Bajo su influjo, la brecha que separaba a Gran Bretaña del  resto de Europa y del mundo entero (orbis), se empezó a reducir progresiva y drásticamente (léase: la independencia económica). Surgieron grandes competidores (Rusia, Escandinavia, Alemania, Francia, Italia, Japón y los EEUU), que provocaron el declive de la primera potencia mundial. 

En semejante contexto, los proletarios en general, los trabajadores en especial y los obreros industriales en particular, formban parte de asociaciones profesionales de fábrica o locales (léase: los sindicatos), agrupados a nivel provincial o departamental en federaciones sindicales, reagrupadas en confederaciones sindicales de carácter regional, recontra agrupadas en confederaciones generales del trabajo de alcance nacional, siendo esa la estructura de el movimiento obrero organizado. 

Ese movimiento obrero organizado tenía una infraestructura, representada por las cooperativas (económicas), las mutuales (sociales) y los ateneos (culturales), por arriba de los cuales estaban los gremios, que negociaban las condiciones laborales con las cámaras empresariales, en el marco de las convenciones colectivas de trabajo. 

Es cierto que habían crisis económicas capitalistas (léase: las crisis del progreso), pero no lo es menos que también empezó la era de la responsabilidad social de las empresas, como así también, el desistiemiento conciente y deliberado del movimiento obrero organizado de la vía armada para la toma del poder político, optando por la alternativa de la aceptación de las reglas del juego del proceso electoral, en el marco de lo que se llamaba con el nombre de la revolución democrática, que era la revolución en paz, o si se prefiere, la revolución impura. 

En ese contexto, se sucitaban paros, tomas de fábrica y manifestaciones callejeras, en algunos casos, con enfrentamientos armados con la policía y declaraciones de estado de sitio (léase: la conmoción interna), incluyendo los paros generales, de alcance nacional, por tiempo indeterminado (léase: las huelgas), pero las mismas jamás tuvieron la finalidad explícita de la toma del poder político por la fuerza, es decir, jamás fueron huelgas ultra nihilistas, expresadas en términos de la guerrilla rural o del terrorismo urbano sistemático porque, en todos los casos, sin excepción alguna, esa paramilitaridad sin cuento fue clara, concreta e inequívocamente ins-tru-men-tal. Conste. 

Todo ese revolucionarismo impuro tiene un nombre, que es el de el socialismo nacional (el nacional socialismo = el nazismo decimonónico = el nazismo original = el grünismo = el prohudonismo), bien llamado con los nombres decimonónicos alternativos y equivalentes de el socialismo verdadero, de la social democracia o de el laborismo, e injusta, errada y despectivamente denominado con los nombres de el socialismo utópico o bien, de el socialismo burgués y contrarevolucionario. Conste. 

Ese nazismo laboral tuvo también una expresión pretendidamente supra nacional, vialibilizada a través de la estructuración de una nueva asociación civil sin fines de lucro, que comenzó a girar bajo la razón social de La Asociación Internacional de los Trabajadores Democráticos (léase: la internacional social demócrata = la segunda internacional = la internacional nazi), con domicilio legal en la capital francesa (París). 

A partir de su creación (1889), a diferencia de la primera, la segunda internacional ya no sería sólo un rejunte de intelectuales, sino más bien, una auténtica reunión de intelectuales del nazismo obrero y de representantes oficiales de los movimientos obreros organizados nacionales.

Los de la segunda internacional eran las personalidades teóricas y prácticas de el mundo del trabajo, pero la realidad histórica demuestra, sin la más mínima sombra de dudas, que esa estructura supra nacional nunca tuvo una finalidad auténticamente in-ter-na-cio-na-lis-ta, en el sentido de negar la nacionalidad de los proletarios y su vínculo indestructible con el estado del que eran habitantes o ciudadanos, en beneficio de un pretendido movimiento obrero organizado de nivel mundial, enfrentado a los estados nacionales (léase: el estado obrero global), ni nada que se le parezca.

La verdad, es que los congresos de la segunda internacional eran eventos en los que los miembros del mundo del trabajo, a través de sus intelectuales y de sus representantes gremiales oficiales se veían las caras, se conocían personalmente, reflexionaban juntos sobre los temas de interés común, y se encumbraban a través de su pensamiento ante el resto, que sólo viaticaba y firmaba documentos supuestamente trascendentes como, por ejemplo, la declaración de el día internacional del trabajo o de el día internacional de la mujer trabajadora, y otras pedorradas por el estilo. 

En ese contexto, emergió la figura imperecedera de su santidad, el papa, Msr. Dr. Dn. Vincenzo Peci (a) León XIII (a) Numen in Caelo (léase: la luz en el cierlo - 81), autor de una encíclica, titulada con el nombre de La Renovación (léase: de rerun novarum), en la cual condena explicítimente a el capitalismo liberal (sic), es decir, al capitalismo de empresa británico, por su egoismo intrínseco, pero también, a el comunismo marxista (sic) por su ateismo viceral. 

Dicho en otras palabras, habían capitalismos aceptables, como el capitalismo de estado biskmariano, y habían socialismos también aceptables, como el socialismo nacional (léase: el nazismo original = la social democracia) de la segunda internacional. 

Quedaba así delimitada, nada más ni nada menos, que la tercera posición, equidistante del capitalismo liberal y del comunismo marxista, que recibiría el nombre de la doctrina social de la iglesia, que bien mirada, no es otra cosa que el nazismo eclasiástico, no jodamos.

Ese nazismo católico de la rerun novarum de 1891 planteó dos principios superadores de todo lo hasta entonces conocidos (2). El primero es el principio de el bien común. Y el segundo es el principio de la subsidiariedad del estado. 

El bien común implica la necesidad de que el gobierno de los estados nacionales sea el encargado de armonizar los intereses del capital y los intereses del trabajo, validando o invalidando, total o parcialmente, el proceso de celebración de las convenciones colectivas de trabajo (léase: la conciliación obligatoria). 

Y la subsidiariedad del estado supone que el gobierno del estado nacional debe intervenir en la economía, exclusivamente, si los empresarios privados no saben, no pueden o no quieren actuar en aras del bien común pues, en caso contario, la actividad económica, que por definición es actividad privada, debe quedar librada a la ley de la oferta y la demanda, es decir, debe quedar librada al libre juego de las fuerzas del mercado. Conste 

Esa doctrina social de la iglesia (léase: el nazismo eclesiástico), sería el forjador de el catolicismo obrero del siglo veinte (el siglo de la alta tecnología), pero también, del catolicismo político, institucionalmente representado por los partidos del el socialismo cristiano (léase: los partidos social cristianos).

En síntesis, el social cristinismo y la social democracia  son las dos vertientes (2), una más a la centro derecha y la otra más a la centro izquierda, de el socialismo nacional (léase: el nacional socialismo = el nazismo) que no fue otra cosa que un descomunal mentís al socialismo ateo, clasista y combativo (léase: el socialismo científico = el socialismo internacionalista = el socialismo ultra nihilista = la dictadura del proletariado = la revolución autocrática = la revolución pura = el marxismo = el comunismo). 

Por eso, ya desde principios del siglo veinte, la cuestión obrera terminaría enfrentando a muerte al nazismo contra el comunismo, pero en forma exclusiva y excluyente, es decir causando, nada más ni nada menos, que las dos guerras mundiales, y nada más, claro está. 

Y si me dijeran que estoy muy equivocado, respondería que, veremos, veremos y pronto lo sabremos.

[1] La libre expresión y la segura circulación de la información contenida en el presente documento se halla jurídicamente garantizada por la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 (Art. 19), la Constitución Nacional de la República Argentina de 1995 (Art. 14),  la Ley Nacional N° 26.032 de 2005 y el Código Penal de la Nación (Arts. 153 y 155).

[2] Para uno de Los Siete Grandes Sabios de Grecia (Solón) El Cisne Negro es la alegoría de un hecho que es teóricamente posible, pero que todos creen que es prácticamente improbable, pues si ocurriera sería catastrófico.

No hay comentarios:

Publicar un comentario