miércoles, 24 de abril de 2013

519 Geopolítica (Argentina)



Año II – Primera Edición – Editorial: 00000519 [1]

 
El Cisne Negro [2]
El Diario Digital de la Historia y de la Geopolítica
Viernes 8 de Marzo de 2.013.




La Verdad de la Milanesa I
Por Rubén Vicente 

Empecemos por hablar de plata, porque ya se sabe, que sin plata, ni hablemos, obvio. Pero a ver: ¿Qué es el dinero?. Respuesta: es la unidad de medida del valor de todos los demás bienes y servicios, que sirve para determinar los precios y para cancelar las deudas. Right?

A lo largo de la historia universal hubieron distintas clases de dinero. Lo primero que se usó como dinero eran los granos (léase: el arroz asiático, el café africano, el trigo europeo y el maiz americano). Pero la verdad, es que transportar grandes cantidades de granos no era fácil. 

Por eso, los que manejaban el dinero, empezaron a seleccionar otras mercancías, más duraderas, más escazas y, sobre todo, más fáciles de transportar, hasta que se dieron cuenta de que no había nada mejor que las gemas y el metálico. 

Pero eso fue hasta que vino Creso, el rey de Lidia, que en el año 700 a.C. tuvo una idea verdaderamente genial, que fue acuñar monedas de oro que, en el anverso, tenían su rostro; en el reverso, tenían talladas la figura del ave finix, que renace de sus propias cenizas, justamente, porque es eternamente virgen (pobrecito); y en el filo (léase: los cantos), se tallaban rallitas, para evitar que los piolas las limaran, impidiendo la falsificación, que se castigaba con la pena de muerte por cruxificción. Okey? 

La verdad fue que todos en la antiguedad imitaron el sistema monetario de Creso (léase: los egipcios, los israelitas, los babilónicos, los medos, los persas, los griegos, los romanos y los bizantinos). 

Pero en la edad media (476-1453), los banqueros lombardos se apiolaron, y empezaron a ofrecerle a la gente guardarles sus gemas y su oro en sus mansiones fortificadas, a cambio de que aceptaran no sacarlas por un tiempo, y por ese tiempo de espera, le prometían pagarles un premio en papeles de comercio de sus bancos (léase: los recibos = los certificados de depósito = los billetes). 

Era un negoción redondo. Los banqueros lombardos con las gemas y con el oro, y la gilada, en la calle, con los billetes que, supuestamente, estaban respaldados en gemas y en metálico al ciento por ciento (100%). 

Estos crápulas no mantenían guardadas las gemas y el metálico en sus bancos sino que, durante el año de espera, prestaban esos activos monetarios a los grandes navegantes, que viajaban al oriente a comprar las especias (léase: canela, pimienta, clavo de olor, nuez moscada, etc), que eran muy apreciadas por la cocina europea.  

Si un navegante lograba sortear a los piratas del oriente y colocaba la mercancía en un puerto europeo, le pagaban tantas gemas y tanto metálico, que no tenía ningún problema en cancelar el crédito con el banquero lombardo, y quedarse con otro tanto para él, y no trabajaba nunca más, ni él ni sus hijos, obvio. 

Pero si el barco de hundía en alta mar o era presa de los piratas, chau pichu, porque no había carga, y si no había carga, no había gemas ni metálico para devolverle al banquero lombardo, y cuando venían los depositantes a reclamar la devolución de lo que era suyo, el banquero lombardo les tenía que decir, no tá, se fé.  

No sé si te das cuenta los bolonquis que se armaban cada dos por tres en toda Europa con los banqueros lombardos. Pero esos pibes eran unos nenes de pecho al lado de los banqueros suizos, que inventaron las cuentas cifradas. ¿Qué? 

Iba un tipo con muchas gemas o metalico, y lo guardaba en lo del banquero suizo, que le ponía número a la cuenta en vez del nombre del depositante, guardando en su caja fuerte la nómina de las cuentas, de sus números y de sus titulares, pero los empleados del banco, los demás clientes y el público en general, sólo sabían que habían cuentas numeradas, pero no sabían a quiénes pertenecían, porque eso era secreto bancario. 

Los piratas del oriente, los navegantes europeos y hasta los banqueros lombardos guardaban sus gemas y su metálico en los bancos suizos, y cuando la gente se avivaba de que no tenían nada, por más que los colgaran de la ganchera, la guita no aparecía, y si alguno se daba cuenta de que estaba acovachada en Suiza, los bancos helvéticos decían que la ley del país alpino les prohibía terminantemente informar el titular de la cuenta, pudiendo suministrar sólo su número. Dicho en otras palabras, jo-de-te. 

El sacro emperador se chivó mal, y convocó La Conferencia de Génova de 1422. Se resolvió que las gemas las guardaría la corona sacro imperial; que el metálico lo guardarían los bancos suizos, y que los banqueros lombardos, ingleses, escandinavos, holandeses, franceses, castellanos y aragoneses podrían emitir billetes, de circulación general en toda Europa, estableciéndose los tipos de cambio fijos y convertibles (léase: la convertibilidad monetaria). ¡Ah, como Menem¡ 

Eso saneó el sistema, lo estabilizó y lo tranquilizó. Pero en el siglo dieciseis, los holandeses tuvieron otra idea genial, que fue inventar los seguros navales, y el negocio de los piratas del oriente ya no interesaba en Europa, porque la cosa era que los comerciantes pusieran la guita en las primas de los seguros que cubrían los riesgos del comercio marítimo. 

De cada cien buques que salían de Europa, regresaban setenta, y la carga de los treinta siniestrados por hundimiento o piratería, la cubría el seguro,  y entonces, ganaban todos y nadie perdía, porque los mares empezaron a ser protegidos por las armadas nacionales, y chau piratas, obvio. 

Pero entonces aparecieron los bucaneros, que no eran del oriente musulmán, sino del occidente cristiano, y tomaban presas en el Atlántico y guardaban las gemas y el metálico en las islas desiertas del Caribe. 

De ahí se iban a las colonias inglesas de América del Norte, donde negociaban con los banqueros norteamericanos, que les recibieran las gemas y el metálico afanados, y entonces las colonias tenían crédito de sobra para desarrollar sus economías locales, mientras los bucaneros se compraban castillos en las islas británicas y eran convertirdos el lores de su graciosa majestad, off course. 

Pero en Europa no podían decir tengo el tesoro allende el mar, así que se las ingeniaron para inventar las acciones, representativas del capital de las sociedades anónimas, que eran innomindas, pues no decían a quien pertenecían, porque eran al portador. Wonderfull! 

Hasta que el siglo diecisiete, los holandeses dijeron, no nos dejen arafue, y tuvieron la brillante idea de inventar las bolsas de valores, donde cotizaban las acciones de las empresas de los bucaneros ingleses, que tenían sus gemas y su melático en Nueva York. ¡Qué bello¡ ¡Han visto la luz¡ 

Y los franceses, dijeron que ellos no serían los hijos de la pavota, inventando el primer banco central de la historia universal (Le Banque de France), que acumulaba las gemas y el metálico incautado en el Atlántico a los bucaneros ingleses emitiendo, contra era reserva monetaria, el primer billete nacional de la historia universal (léase: el franco), a una paridad fija y convertible (léase: la convertibilidad francesa), que implicaba la prohibición absoluta de emitir billetes a los bancos privados, oh la lá, que cagadá. 

Los banqueros privados franceses la hicieron fácil. Resulta que los jesuitas tenían problemas con el papado, con el sacro imperio y con varios reinos de Europa, que se chivaron mal y los rajaron. Esos venerables monjes satanistas se fueron al oriente de La India y de La China, y empezaron a evangelizar allá, y mientras tanto, se la bancaban cultivando amapola adormidera, con la que elaboraban el mekonio, que luego se convertía en el opio, que se vendía en Francia, y dejaba muchísima guita, que era despositada en Le Banque de France, mon Dieu. 

Pero Le Banque de France empezó a emitir bonos del tesoro francés, y se los prestaba a los bancos privados, que emitían obligaciones negociables, que eran prestadas a los empresarios, que emitían pagarés, cheques y letras de cambio, que también se usaban para comprar, para vender, para alquilar o para garantizar deudas, es decir, que se usaban como si fuera guita. 

Para principios del siglo diecinueve, en todo el mundo (orbis) circulaba una torta de guita infernal, bajo la forma de gemas, de metálico, de billetes, de letras, de acciones y de bonos, que se comerciaban en los bancos y en las bolsas de valores, pero siempre, bajo caución (léase: las operaciones aseguradas). 

Y los bancos, las bolsas y las aseguradoras eran las tres patas del mercado de las finanzas, mientras los gobiernos, con sus bancos centrales, controlaban la moneda, y las empresas (inmobiliarias, agropecuarias, forestales, mineras, industriales, comerciales y tecnológicas) controlaban la economía. 

Moneda, finanazas y economía. Todo bien delimitado, porque cada lechón en su teta, pues ese es el modo de mamar.  

Y si me dijeran que estoy muy equivocado, respondería que veremos, veremos y pronto lo sabremos.
 


[1] La libre expresión y la segura circulación de la información contenida en el presente documento se halla jurídicamente garantizada por la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 (Art. 19), la Constitución Nacional de la República Argentina de 1995 (Art. 14),  la Ley Nacional N° 26.032 de 2005 y el Código Penal de la Nación (Arts. 153 y 155).
 
[2] Para uno de Los Siete Grandes Sabios de Grecia (Solón) El Cisne Negro es un hecho teóricamente posible que todos creen que es prácticamente improbable, pues si ocurriera sería castastrófico.
 

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