lunes, 18 de febrero de 2013

501 Historia (Francia)




Año II – Primera Edición – Editorial: 00000501 [1]

El Cisne Negro [2]
El Diario Digital de la Historia y de la Geopolítica
Lunes 18 de Febrero de 2.013.


 

El Diario de la Revolución XIX
Por Rubén Vicente

El lunes cinco de octubre de 1789, el principal accionista, presidente del directorio y gerente general (The Chieff Executive Officer = The CEO) de la firma Marat et Cié de París, Dr. Giovanni Paolo Mara Cabriol (a) Jean Paul Marat (a) El Ocultista (a) El Tipazo, de  cuarenta y seis años de edad, se reunió con sus socios editores del diario llamado con el nombre de El Amigo del Pueblo (léase: L Ami de Peuple).

Acordaron que, a partir de entonces, comenzarían a expresar sus sospechas sobre absolutamente todos y cada uno de los que integraban el poder, tanto fuera a nivel municipal, como provincial, regional, nacional e imperial, o pertenecieran a los estamentos eclesiástico, militar o secular (léase: el poder civil = el poder político), aplicándoles el mote genérico de los enemigos del pueblo (láease: les enemi de peuple).

En otras palabras, El Amigo de Pueblo pretendía posicionarse como el fiscal de la revolución francesa, sentando en el banquillo de los acusados a todos los poderosos, sin excepción, siendo la primera publicación de la historia universal que se posicionó como la prensa libre (léase: el cuarto poder = la voz de los que no tienen voz = los hincha pelotas que joden por el puro gusto de joder = los que si no lo saben lo inventan).

Sin embargo, sus principales blancos periodísticos preferidos del periódico de Marat serían la corona, el gobierno revolucionario y la asamblea nacional. En otras palabras, insólitamente, siendo él un pequeño burgués, el Dr. Marat comenzaba a pensar como si él fuera uno de los sin calzón (léase: les sans culotes = los rabiosos = los anarquistas = los rebeldes sin causa = los pelotudos insoportables), y nada más, claro está.

Sólo tres días más tarde del primer ejemplar crítico (3), el gobierno resolucionario de su majestad, a través de su primer ministro (léase: El Duque de Moullon = Mauricio Macri), emitió un decreto, estableciendo la censura del periódico de Marat, para lo que restaba del año, y listo. ¡Tá bien¡ ¡Si querés criticarnos a nosotros, que somos los revolucionarios, que cortamos en fetas, y andá a freir churros a la costenera, pelotudo infeliz¡

Y al día siguiente, fue con-fis-ca-da la imprenta del diario de Marat, que además, fue arrestado por un mes (1).

Siendo así, uno se pregunta al principio de la segunda década del siglo veintiuno: ¿Pero cómo? ¿No era la revolución francesa? ¿No era la libertad, la igualdad y la fraternidad? Respuesta revolucionaria: ¡No no gordo! ¡Vos no entendés¡ ¡Ahora andá, que después te explico¡.

En otras palabras, la conclusión es que, absolutamente ningún proceso revolucionario puede consolidarse si, justamente, los propios revolucionarios, en vez de colaborar con el gobierno revolucionario, como hasta ese momento lo venía haciendo el Dr. Marat, empiezan a desarrollan una crítica revolucionaria que, sencillamente, debilita a la revolución, y opera implícitamente a favor de la contra revolución.

Dicho de otro modo, la crítíca revolucionaria corresponde, pero sólo después de la total y definitiva consolidación de la revolución pues, lo contrario implica, sencillamente, hacerle el juego a la contrarrevolución (léase: es darle pasto a las fieras) y nada más, claro está.

Bajo esta comprensión, por bien intencionado que fuera, era obvio que el Dr. Marat acababa de quedar cómodamente posicionado en el sitial de el potencial primer boludo insigne de la revolución francesa (léase: estás nominado), y nada más, claro está.  [3]

Ahora bien, el lunes doce de octubre, en la Basílica de San Jacobo, que era el cuartel general de los jesuitas reciclados, es decir, de los frailes de la orden de los molotinos, quienes eran conocidos como los jabobitas o bien, como los jacobinos, representantes oficiosos de la asamblea nacional (léase: el parlamento imperial revolucionario), que actuaban en nombre y por cuenta del  presidente de la comisión de asuntos constitucionales, es decir, de su alteza, el duque de Robespierre, Tte. Gral. RW ® Dr. Maximiliano François Carraud (a) Maxim, de treinta y un años de edad (léase: El Duque de Robespierre = Luis D´ Elía), establecieron un acuerdo básico con los jefes de las bandas criminales parisinas (léase: los sin calzones = les sans culotes = los rabiosos = los iguales = los anarquistas = los miserables) y de su organización paramilitar (léase: la milicia) de El Ejército de los Sumergidos, liderado por Fray Michelle (Monseñor Casareto) y por Fray Armand  (Sergio Schoklender).

El acuerdo implicaría que el ejército de los sumergidos del principado del Sena, sencillamente, declararía un alto el fuego unilateral en la segunda guerra civil francesa, esto es, en La Segunda Batalla de París, también referenciada como La Guerra del Sena, como así también, declararía su disposición a incorporarse, pero en bloque, a la flamante policía nacional francesa, es decir, a La Guardia Nacional, liderada por El Marqués de Lafayette (léase: Sergio Berni).

Desde entonces, de hecho, quedó completamente restablecida la tranquilidad pública en todo el principado del Sena, aunque la guerra civil continuara vigente en el frente occidental, en el marco de La Guerra de la Vandée, claro está.

Bajo esa comprensión, Robespierre (léase: D´Elía), Lafayette (léase: Berni), Fray Michelle (léase: Monseñor Casareto) y Fray Armand (léase: Schoklender), se convirtieron en los cuatro pilares (4) de la facción constitucionalista de la revolución francesa, nucleada en esa suerte de bancada robespieriana que, a partir de ese momento, sería conocida como la facción  de los jacobinos, por la sencilla razón de que, específicamente ellos, querían la constitución, pero no bajo el sistema de gobierno de la monarquía constitucional, como pretendía El Duque de Robespierre, sino más bien, de la república constitucional (léase: la república jacobina), y nada más, claro está.

En otras palabras, evidentemente, había gente en la asamblea nacional que pretendía ir demasiado lejos en eso de la revolución francesa, no dándose cuenta de que estaban tensando demasiado la cuerda de la concordia política revolucionaria (léase: la concord révolutinnaire).

Es más, Robespierre, que era el flamante jefe político de los jacobinos (léase: le chef = il capo = the boss = der fuhrer), estaba trabajando, expresamente, para sancionar una ley fundamental que estableciera la monarquía constitucional y no la república constitucional o, por lo menos, así parecía y así debería ser, y nada más, claro está.

Y si me dijeran que estoy muy equivocado, respondería que veremos, veremos y pronto lo sabremos.


[1] La libre expresión y la segura circulación de la información contenida en el presente documento se halla jurídicamente garantizada por la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 (Art. 19), la Constitución Nacional de la República Argentina de 1995 (Art. 14),  la Ley Nacional N° 26.032 de 2005 y el Código Penal de la Nación (Arts. 153 y 155).

[2] Para uno de Los Siete Grandes Sabios de Grecia (Solón) El Cisne Negro es un hecho teóricamente posible que todos creen que es prácticamente improbable, pues si ocurriera sería castastrófico.

[3] Recuérdese que, ciento treinta años más tarde (130), Lenin escribió un opúsculo titulado con el nombre de El Izquierdismo. Una Enfermedad Infantil de la Revolución Bolchevique, en donde separaba la izquierda del izquierdismo, diciendo que el primero era revolucionario y, el segundo, directamente, contrarrevolucionario (sic). En otras palabras, durante la etapa revolucionaria no puede haber libertad de prensa, sino sólo cen-su-ra, y nada más, claro está. Por favor, como dicen los jueces, téngase presente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario