viernes, 24 de mayo de 2013

587 Historia (Italia)


Año II – Primera Edición – Editorial: 00000587 [1]

 

El Cisne Negro [2]
El Diario Digital de la Historia y de la Geopolítica
Viernes 24 de Mayo de 2.013.





La Locura al Poder XIV
Por Rubén Vicente 

Si uno tiene en cuenta lo que llegó a ser, en el año 165 d.C., El Imperio Romano (léase: La Magna Roma) y, a partir del siglo octavo, lo que llegó a ser El Sacro Imperio Romano de La Nación Alemana (léase: La Gran Alemania = La Gran Leitania = Das Reich = El Imperio de los Mil Años = 800-1815 = La Europa Cristiana = El Nuevo Israel = La Primera Pro Unión Europea), sabrá que, en mayor o en menor medida, en la mente de absolutamente todos y cada uno de los gobernantes posteriores de los siglos diecinueve, veinte y veintiuno, impacta la idea de la grandeza europea. 

Hombres como Julio César, como Augusto, como Adriano, como Caracala, como Carlos Martel, como Urbano II, como Ricardo III, como Enrique V, como Francisco I, como Carlos V, como Felipe II, como Enrique IV, como Pedro II, como Federico II, como Napoleón I, como Napoleón III, como Bismark, como Alejandro III, y como Eduardo VIII; empezaron a tener sus correlatos plebeyos, entre los que se destacaron como nadie Lenin, Stalin, Hitler y Mussolini. 

Desde su abolengo o desde su esfota. Desde sus ocasionales cirunstancias de modo, tiempo y lugar. Y desde sus respectivas condiciones sanguíneas, económicas, militares o políticas, todos ellos, soñaron con su grandeza personal, identificándola con la grandeza de su patria y con la grandeza europea, concibiéndola como una realidad imperial de alcance universal 

La historia jamás olvidará a esos hombres, porque ellos fueron los forjadores de la supremacía global europea, aunque lo suyo haya sido fugaz, o incluso efímero, en términos geopolíticos. 

Desde 1945, es decir, desde hace sólo sesenta y ocho años (68), el mundo entero (orbis) ha dejado de ser europeo, para pasar a ser norteamericano. 

¿Cómo pretenden entonces, que los últimos auténticos próceres (léase: los hacedores) de la grandeza europea, no la pretendieran, en sus propias personas, en sus propias naciones o en la unidad continental, a la que ningún estado miembro de La Unión Europea (UE) ha renunciado, ni aún comenzado el siglo veintiuno (léase: el siglo de la sinctotrónica), que es el primero del tercer milenio de la era cristiana?. 

Dirán que no fueron democráticos en la manera que tuvieron de tratar de hacerlo, y tendrán toda la razón, pero se olvidarán que ellos gobernaban con el pueblo, para el pueblo y por el pueblo, es decir, con una profundísima comprensión de la democracia sus-tan-cial, y no la que está flagrantemente vaciada de contenido, y mantenida sólo en las formas, como si se tratara de un descebrado, eternamente enchufado al pulmotor, aunque ya tenga cien mil electroencefalogramas planos 

Los derechos humanos, el estado de derecho y la democracia constitucional, que gloriosamente habían logrado consagrar y consolidar los númenes de la revolución francesa de 1789, se perdieron en La Batalla de Waterloo de 1815, y desde entonces, todo no fue más que una gran ficción, que Lenin, que Stalin, que Hitler y que Mussolini convirtieron en una realidad, concreta y duradera. 

Si, duradera, porque aunque sus ideologías hayan triunfado y sean veneradas, o hayan sido derrotadas y sean excecradas, lo cierto es que, les guste o no, lo que ellos hicieron, por sus naciones, por la grandeza europea, y por el mundo, perdurará en el alma de sus pueblos, más allá de la insidia del satánico odio plutocrático 

Nadie podrá negar jamás que eran totalitarios, pero tampoco, nadie podrá sostener seriamente que no eran populares, y bajo esa comprensión, la pregunta es por qué negarles el reconocimiento a su democracia sustancial, en vez de la decepcionantemente formal, como la que tenemos acá y ahora, no me jodan. 

A estas democracias constitucionales pedorras que supimos conseguir, las quiero llenas de sustancia, de aguante, de garra y de pasión por la patria, por los pobres y por sus auténticos líderes espirituales.  

Me recontra cago en el guante blanco del derecho internacional, si el mismo sólo sirve para que el imperialismo anti nacional, anti social y anti popular, haga lo que ellos quieren. 

No. Me niego rotundamente, y por eso, yo digo que, si acá apareciera un auténtico Lenin, un verdadero Stalin, un Hitler de verdad o un Mussolini real, mi espiritu se identificaría plenamente con su obra de gobierno, porque les guste o no, lo que ellos hicieron, no fue más que la obra de Dios (léase: de opus dei), que evitó que Satanás terminara con el planeta y con la humanidad en su conjunto, porque él es el rey de la oscuridad, del silencio, del mal… 

Por todo ello concluyo que, es cierto, el que a hierro mata a hierro muere, pero no todas las muertes son en vano, porque hay algunas que bien valen la pena, gracias a Dios. 

Larga vida a los que se juegan en cuerpo y alma por sus ideales, contra todo y contra todos, si con ello, logran dignificar a los pueblos de los que surgieron, y vaya si fue ese el caso de Benito Mussolini. 

Y si me dijeran que estoy muy equivocado, respondería que veremos, veremos y pronto lo sabremos.


[1] La libre expresión y la segura circulación de la información contenida en el presente documento se halla jurídicamente garantizada por la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 (Art. 19), la Constitución Nacional de la República Argentina de 1995 (Art. 14),  la Ley Nacional N° 26.032 de 2005 y el Código Penal de la Nación (Arts. 153 y 155).
 
[2] Para uno de Los Siete Grandes Sabios de Grecia (Solón) El Cisne Negro es un hecho teóricamente posible que todos creen que es prácticamente improbable, pues si ocurriera sería castastrófico.
 

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